Un día en el espacio.

El despertador suena a las seis, hora terrestre por supuesto. De otro modo, no sabría en qué día vivo. Miro por la ventana del transbordador y todo es claro y oscuro a la vez; no tengo horizonte ni anocheceres, más bien una oscuridad llena de luz.

Hidrato el polvo artificial que es mi desayuno y miro el cosmos, todo mi día gira en torno a él.

Cuando termino con los controles de rutina hago una hora o dos de ejercicio, para no quedarme fina como un apio, el resto del día leo o me vuelvo hacia el abismo luminoso frente a mí.

No necesito mayor estímulo que la creación misma. A diario imagino realidades más allá de la mía, me concentro en una estrella y fantaseo sobre los habitantes en su sistema, sobre sus leyes, su flora y fauna; me veo allí inmersa entre intrincadas selvas con inmensos mamíferos que respiran helio y comen diamantes.


Almuerzo y ceno en soledad, de vez en cuando me acompaño con algo de música o con la vacía charla de alguna vieja película de mi computadora personal.

El día es ameno, como todo los demás. No necesito más que la maquinaria que me mantiene con vida y las estrellas, soy feliz con mirar el cosmos en mi eterna soledad.

El reloj me avisa que es hora de dormir. No me preocupo, pues mañana será de nuevo el mejor día de mi vida. 

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