Último viaje a la terminal.

Francisco sabía que el trabajo de un maquinista no era nada fácil, especialmente si su trabajo era conducir un tren como el de él. “La libélula” como estaba bautizada la máquina no era un tren común y corriente. Aquel mágico y mortífero tren arribaba en pequeños pueblos sin aviso alguno.
Primero, aparecía su terminal polvorienta y vacía sin asientos para esperar ni boletería para conseguir un pasaje. Solo surgía de la nada un edificio vacío y frío que era traído desde el más allá como desde las entrañas de la tierra y desde allí, de esta polvorienta y vieja terminal, los antiguos e interminables rieles se desprendían como tentáculos, desapareciendo entre los bosques cercanos.
Conjuntamente con la terminal, una espesa nube de tierra roja se adueñaba del pueblo lentamente. La plaga que ésta traía se colaba en los pulmones de los habitantes alojándose, hinchándolos, provocando tos fuerte, fiebre y en pocos días la muerte.
Pero Francisco estaba libre de la plaga que acompañaba a su maquinaria. Su frágil cuerpo de 17 años estaba condenado a existir dentro de la cabina del conductor, era su limbo y como única paga recibía el privilegio de ver como los pueblos eran devorados hasta los cimientos por la terminal.
La primera semana, Francisco, observaba a los pueblerinos y sus reacciones. Le parecía extraño que los habitantes del pueblo sintieran pánico ante la nube de tierra pero a nadie parecía molestarle el imponente edificio que se presentaba ante ellos. Al final de la misma era común ver a las madres recluyendo a sus hijos a sus casas y obligándolos a usar barbijos a sus maridos.
La segunda semana, se veían los primeros indicios de enfermedad. Los ancianos eran los primeros en fallecer ya que normalmente eran los más descuidados por sus jóvenes familias. Era cuando las primeras colas de viajantes aparecían ante el tren. Los viejitos se paraban ordenadamente en fila, acomodando nerviosamente sus ropas, dispuestos a emprender su viaje sin problemas.
La tercer semana, siempre era la más difícil de mirar. Los niños morían a montones víctimas de ataques de tos. Los pequeños luchaban por quedarse con sus madres, pero ignoraban que ellas no los veían; aunque intentaran rasgar sus ropas y treparse a sus protectoras piernas, nadie los veía rogar por favor. No les quedaba más que sentarse en círculos a esperar la nueva llegada del tren.
La cuarta semana, se llevaba a los hombres, sus largas horas de trabajo y la larga exposición a la nube rojiza los fulminaba rápidamente. Las mujeres ya no lloraban porque sus corazones habían sido arrebatados por la muerte de sus hijos. Los hombres se agrupaban con sus uniformes de trabajo frente a la puerta del tren, para unirse a sus padres y a sus hijos, quienes dentro de los vagones jugaban a armar rompecabezas y al ajedrez.
La última semana, era la de limpieza. Las mujeres sufridas por la pérdida de todo lo que tenían se sentaban en sus patios tranquilas y sin barbijos, tomaban mate o té y leían revistas e inhalaban profundo para acelerar el proceso del polvo en sus pulmones, y así, una a una morían. Luego de la ruidosa muerte, sus cuerpos se volvían a incorporar del suelo, y sus ojos podían ver más allá del pueblo, podían ver la terminal, podían ver a sus familias dentro de los vagones y a Francisco llamándolas.
La nube roja se disipaba normalmente a las seis semanas, cuando hasta las mascotas habían tenido su fatídico final. Y una vez que el pueblo estaba vacío y frío, la terminal se esfumaba y Francisco mudaba a los habitantes a otro lugar.

Tercera mención especial por "La Lupa ediciones 2013"


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